20 abr. 2017

BAFICI, LOS PIONEROS YA DEJAN DE SER JÓVENES TRANSGRESORES

El festival nació como un refugio para el cine que no se estrenaba en salas, de todo el mundo, de directores que en muchos festivales se estaban convirtiendo en objeto de culto de los jóvenes. Pero fue hace 19 años.
Los que tenía entonces 19, tienen ahora 38 años, muchos en todo este tiempo se casaron y divorciaron, tuvieron hijos, se recibieron, viajaron al exterior y volvieron, cambiaron varias veces de trabajo, estuvieron desocupados, volvieron a la casa de sus padres, fueron sometidos a cirugías, tuvieron accidentes y sobrevivieron, cambiaron de celulares Black Berry a Android o I Phone. Vivimos el 2001, resucitamos, algunos de un lado de la grieta que existe desde 1810, otros del otro, todos asegurando que la vereda de enfrente es la otra y la lista sigue, sigue y sigue.
La idea surgió cuando en el Festival de Mar del Plata de 1996 Nicolás Sarquís creó la muestra Contracampo, que pateó el tablero.
El Bafici nació como una muestra independiente (término difícil de entender cuando el cine salvo en contadas excepciones es en el mundo y aquí mismo absolutamente dependiente), cuando una chica muy joven entonces salió a proponer a cineclubes y otros alineados en la calle Corrientes, la idea de hacer un festival. Fue casi en coincidencia con el resurgimiento del Festival de Mar del Plata, en 1996, y aquella carpeta terminó en un area del Gobierno de la Ciudad, que no hizo otra cosa que apoderarse de la idea y no dar crédito a sus verdaderos autores.
Poco importa aquello ahora, forma aparte de la leyenda urbana. Pero la verdad es que poco tiempo después en la ciudad de Buenos Aires la sigla Bafici comenzó a convertirse en una nueva leyenda urbana.
Así pequeño todavía, con un catálogo mucho más grande en tamaño de tapa que el actual y a la vez hiperdelgado, porque la idea es que todos los que se engancharan con la idea pudieran al menos ver una porción alta de su propuesta. Eso hablaba y lo sigue haciendo de un equipo con capacidad de seleccionar lo mejor de lo mejor, lo nuevo de lo nuevo, y no había necesidad de que esa cantidad creciera. Si de crecimiento se trata basta ver lo acotada que es la selección total del Festival de Cannes, que sigue siendo el mejor de todos, incluso superior al de Berlín, porque convengamos, logra juntar y hacer equilibrio entre arte e industria, que es el sueño de Hollywood y de tantos otros, oeri no el sentido que sus obras, todas, lo sean, sino que en su totalidad, hay arte e industria, es decir un espectro lo suficientemente alto como para que todos salgan siempre medianamente contentos, equilibradamente contentos. No es poco.
Y así, mientras duraron las gestiones de Andrés DiTella y el siempre polémico y tiempo después deliberadamente reaccionario Quintin, el festival creció, lo suficiente como para que encontrara su verdadera dimensión. El eje de la calle Corrientes, con centro en el Abasto Shopping fue clave, e incluyó la Sala Lugones, hoy cerrada; el Lorca, y el Cosmos, luego también cerrado y convertido en un restaurante chino, ocasionalmente el complejo Atlas Santa Fe (hoy una tienda de ropa femenina), el Malba, y alguna vez el América, mpas tarde abandonado.
Pero la cosa cambia por completo durante la gestión de Fernando Martín Peña, que llega con su idea de volúmen, y en su intento de competir con Mar del Plata para ver quién “la tiene más larga”, convierte al festival en un gigantesco quiosco de revistas, de esos en donde todas las publicaciones en cantidad son inasibles por el público, y confundidas en una zona gris que nadie, absolutamente nadie, puede encontrar absolutamente nada.
Llevar primero el Bafici a un cúmulo de 400 películas, a razón de 40 diarias, y luego a Mar del Plata, que en sus primeros cinco años tuvo una programación de 200 o poco más películas, también a la barbaridad de 400, fue desafortunada, no solo para el público sino para los organizadores, que tuvieron que aumentar los costos de producción año tras año.
Y después llegó Sergio Wolf, quien soñó con el imposible de generar una autarquía a través de una ley, de la que se llegó a un anteproyecto, que incluiría un consejo de anteriores directivos, capaces de cogobernarlo de allí en más. Pero esa legislación nunca salió, y el festival que todos creían podía ser el mejor en lo suyo, volvió a la rutina, ya sin Wolf sino con Marcelo Panozzo, que dejaba su papel de periodista para esta vez ser funcionario.
Completamente subsumido a la órbita del gobierno porteño, traslado su lugar de origen mudándose a Recoleta, si: del eje de la ciudad, pasó a uno de los barrios más caros de la ciudad y con sede nada menos que en la misma gran manzana que ocupa el cementerio, y el shopping vecino. Obviamente cambió el signo con el que había nacido, incluso se le incorporan salas en Caballito y Belgrano y otros lugares alternativos, pero ya nada será igual.
El Bafici pasó a ser parte, no solo de otra geografía, sino de otra clase social, que empezó a moverle el eje. Por ahora esto. Continuará.

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