8 nov. 2011

MONTES DE OCA 680: SIEMPRE ES DIFICIL VOLVER A CASA (2da versión)

Martes 9 de junio de 1970, en Montes de Oca 680. Eran poco más de las ocho de la noche y mi papá ya había vuelto del negocio, cerca de allí, en Patricios casi esquina Suárez. Como siempre, cenábamos en la mesa grande del comedor, él con su vaso de vino y soda, todos con cubiertos de lujo pero platos de Plastiloza sobre el mantel de hule. Alberto y yo, lo de siempre, no se si era bife con sopa o pollo con papas. Lo mismo papá, todos mirando entonces al viejo televisor Zenith (la marca que tenía la “z” con rayitos como logo) al que para cambiar de canal había que levantarse y girar la perilla. Qué paradoja, porque fue esa marca la que había inventado el control remoto diez años antes. Alberto ya había tenido los primeros síntomas de la esclerosis múltiple, no diagnosticada, que pocos años después –seis- lo llevaría al calvario. Pero en ese momento estaba bien, aunque bastante castrado por mamá, que además de no comer nunca en la mesa con nosotros, le hacía la vida imposible, persiguiéndolo con el temor a las enfermedades contagiosas que en un poco más que adolescente de entonces podía ser letal. Yo tenía 11 años, él 19, y ese año había ingresado a medicina en La Plata. Esa noche comimos y cada uno siguió haciendo lo suyo. Me acuerdo que cuando papá se levantó de la mesa, tomó La Razón que había comprado en el quiosco de Patricios y Olavarría antes de tomarse el 70 para venir a casa, y cuando dio los primeros pasos para ir al dormitorio a leerlo, sonó el teléfono. Lo atendió mamá. “¡No puede ser!” Exclamó: “¡Se cayó la casa del Tito y creen que estaba adentro”, gritó. Hace días que mi papá le había perdido el rastro.
Todos quedamos helados. Mi viejo, sin mediar palabra, corrió a vestirse, con su habitual traje gris, pero esta vez no llegó a la corbata. No tenía sentido. Cuando mi mamá cortó, él ya se había ido en taxi a Montes de Oca 680.

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Mi mamá, Rosa, era hija de un matrimonio judío emigrante de Kamenetz-Podolsk, él sastre, que se perforó un tímpano con una aguja para evitar el servicio militar zarista, que terminò emigrando y trabajando aquí la tierra en los campos de Baron Hirsch en Rivera, cerca de Bahía Blanca. No se muy bien a qué se dedicó aquí en Buenos Aires cuando llegó muy joven, aunque se que trabajó de todo un poco, incluso como cajera en la boite Marabú de la calle Maipú, antes de conocer a mi papá, a finales de los años 40, en un acto del Día del Trabajo en la Plaza de Mayo. Habrá tenido entonces 26 o 27 años.
Esa noche de junio de 1970 vi en su rostro el espanto de tener que contarnos lo que le había pasado al Tito.
Francisco “Tito” Tormac, era el hijo humilde de una familia de comerciantes de telas de la calle Patricios al 700 a un par de cuadras, en la vereda de enfrente, del negocio de mi viejo y mis tíos, un antiguo almacén de suelas que devino tienda de productos deportivos o algo parecido.
Tito era, de alguna manera, el Tormac “descastado”, que trabajaba como inspector municipal, si, inspector de ferias, un puesto que por lo menos le daba un sueldo. Durante tiempo, y ya casado, con Rosita, que había llegado a Buenos Aires de su Corrientes natal, y con una hija, entonces de 15 o 16, a quienes nosotros llamábamos La Graciela, había vivido con sus padres, en la misma vivienda que ocupaban desde que llegaron a la Argentina, tras el local familiar. Gracias a un crédito que le había dado bastante dolor de cabeza, pudo comprar un departamento, si mal no recuerdo de tres ambientes, en el piso 14, el último de un edificio algo berreta, en el estilo de los de Almagro Construcciones, en Montes de Oca 680.
Tito era uno de los mejores amigos de mi papá, y Rosita una de las mejores amigas de mi mamá. El se la pasaba yendo a comer pizza con mi papá al Banchero de la Boca; ella hablando por teléfono durante horas, porque entonces no era medido como lo fue después. Muchas veces estuvimos en ese departamento a altura, a través de cuyas ventanas (que daban vértigo), se veía hasta la Bombonera. Ellos venían a nuestros cumpleaños y nosotros a los que se hacían en su casa. Por esos días, convivían en ese departamento con una sobrina correntina, más o menos de la edad de Graciela. No se si me quedaron fotos de las dos sacadas con una Instamatic. No eran demasiado bonitas, pero para chicos como mi hermano y yo, cualquier chica entonces era bonita.
Tito, en febrero de 1970, vio rajaduras en columnas de la planta baja que se iban abriendo más y más, hasta llegar al séptimo piso y al sótano. Al parecer, se le ocurrió comentárselo a un amigo de la repartición que trabajaba en el tema inspección de edificios, y todo comenzó así. Con su denuncia. La noticia salió por Telenoche, comentada por Mónica Mihanovich.
A los pocos días del hecho, los expertos municipales detectaron peligro de derrumbe y vertiginosamente, sus ocupantes fueron desalojados. No hubo contención alguna para las 100 familias que de golpe se quedaban en la calle y a la buena de Dios, o al amparo de algún familiar que los pudiera contener o la pensión u hotel que pudieran pagar. Y así, comenzó el peregrinaje de Tito, para algunos un héroe para muchos –en principio- un hijo de puta, la causa de su desalojo. Yo he visto por televisión como algunos vecinos también desalojados despotricaban contra él como el enemigo del pueblo. Incluso lo hicieron algunos de los que fueron sus amigos. Creo que hasta le quisieron pegar.

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La cosa es que pasaron los meses y el edificio seguía vacío.
No se sabe bien cómo, si por algunos pesos, o por amistad o vaya a saber porqué, se permitió a los vecinos más desesperados volver, limitando el acceso a la construcción por una entrada accesoria y sin poder usar el ascensor ni el gas. Y tenían energía eléctrica, por lo que en algún momento se les ocurrió llenar el tanque de agua...
Un par de días después de aquella vuelta al hogar, y casi sin preámbulos, el edificio colapsó y de una se convirtió en una montaña de escombros. Dicen que un policía de guardia en la esquina, al ver caer unos mármoles, apretó todos los botones del portero eléctrico alertando a la gente. Pero era ya tarde. Pasaron segundos entre el alerta y el final.
El Tito, La Rosita, La Graciela y su prima Stella Maris estaban dentro, junto a la mesa, porque como nosotros, en Tacuarí al 1300, un kilómetro y medio de allí, estaban reunidos alrededor de una cena que para ellos sería la última. Dicen que a Tito, cuyos supuestos restos encontraron muchos días después sepultado entre los escombros (circuló la versión que habrían llegado a las escaleras con los suyos en su intento de huir) fue reconocido porque entre lo que quedaba de sus ropas encontraron la credencial de inspector municipal, lo único seguramente que gente de la zona no robó de los escombros.
Toda una familia había desaparecido para siempre. Todos sus recuerdos y muchos de los nuestros, en especial para mí, de cuando Graciela cumplió sus quince años.
Fue la primera vez en que vi llorar a mi papá. No creo que haya sido la primera y seguramente no fue la última en que lloró No fue el único edificio que se vino abajo entonces, y tamoco el último, pero este tenía algo muy especial. Para él y para mí.
Tito era mi padrino
Ese año marcó el final de mi inocencia.