30 nov. 2010

Affaciati alla finestra, Mario

Mario Monicelli se asomó a la ventana del futuro. Y descubrió que el futuro depende de los jóvenes.
Un hombre con una historia única, que llegó a los 95 con envidiable lucidez e impresionante capacidad de movilizarse por lo que realmente le importaba, se tiró por la ventana del quinto piso del hospital romano en el que estaba internado, afectado por el cáncer que los estaba comiendo por dentro. “Va fan culo”, habrá pensado, allí solo en la habitación, mientras afuera llovía y llovía. Cuando los enfermeros entraron, quizás para algún control, descubrieron que ese señor muy mayor no estaba allí y no les paso por la cabeza ni por casualidad que había tomado una decisión: la de no ser un muñeco sometido a infinidad de drogas y técnicas para hacerlo seguir vivo, o mejor dicho a soportar la tortura de seguir vivo de esa forma, casi sacada de un cuento de Edgar Alan Poe.

Si señores: Mario Monicelli, el hombre que supo retratar a gente común de los suyos, los italianos, en situaciones de lo más diversas, se había tirado por la ventana porque no aguantaba más. Sin embargo no se lo veía depresivo, a pesar de su mirada cuestionadora del presente, y no sin razones, por lo que ocurría -y sigue ocurriendo- en su país gobernado por un payaso fascista, puntualmente en el ámbito del trabajo y la cultura, es decir la miserabilización y estupidización de los tiempos de Berlusconi, que incluye la destrucción sistemática de la educación pública, y como él mismo lo subrayó en su corto La nuova armata Brancaleone, la que tiene que ver con los medios audiovisuales, léase cine o TV. El corto, en el que colaboraron estudiantes de la escuela de cine y TV Rossellini no es otra cosa que la síntesis de su pensamiento, un cachetazo que a diferencia de muchas de sus películas no hace reír ni de casualidad, sino que pone la piel de gallina frente a una realidad que se nos viene encima. Que se le venía encima. Monicelli dejó su legado a una juventud que espera respuestas de sus padres, de sus maestros, que desespera por encontrar referentes que les den la clave para poder seguir adelante, una esperanza de que todo puede ser mejor. Monicelli lo tenía en claro. Solo hay que verlo. Dura cuatro minutos.



Apropósito de la pequeña-miserable burguesía
La mayoría recuerda algunos hitos claves en la filmografía de Monicelli, tales los casos de La gran guerra, Los compañeros, La armada Brancaleone y su secuela Brancaleone en las Cruzadas, así como las dos entregas de Amigos míos, donde el humor negro que escarva en personajes comunes y corrientes como pueden ser los mismos espectadores de estas películas por momentos convierte la risa en mueca de espanto. Sin embargo, y dejando de lado otras producciones igualmente valiosas pero menos conocidas, como Esperemos que sea varón o la última, La rosa del desierto, que muestra a la gente común que tuvo que alistarse durante la Segunda Guerra Mundial como si fuesen ganado a las ordenes de Mussolini, hay una película que sintetiza el verdadero espíritu de Monicelli, poco esperanzado frente a las contradicciones políticas de sus compatriotas, mucho antes de la llegada del presente berlusconiano, que tan claramente pudo sintetizar con alumnos de una escuela de cine romana en el corto –muy corto- La nueva armada, en el que no parece ver sino otra cosa que oscuridad en el futuro. Esa película es Un burgués pequeño, pequeño.
El guión, del mismo director con cuenta la tristísima historia de Vivaldi Giovanni, un gris y modesto empleado ministerial próximo a la jubilación. Su único deseo en la vida es que su hijo entre a trabajar en el mismo ministerio que él. Para conseguirlo, recurre a todos los medios a su alcance y llega, incluso, a hacerse masón. Y cuando todo parece que va por un buen camino, el azar se cruza en su vida y lo destruye. Cuando acompaña al joven recién diplomado el día en que le tomarán el exámen de admisión donde él mismo trabajó durante toda su vida, en el mismo momento en que llegan, una banda de delincuentes asalta el lugar y en medio de la confusión el hijo cae muerto por una bala de los malhechores. Pasada la tragedia él hombre se dedicará a buscar al culpable, pero no como un típico héroe norteamericano porque él es un tipo común, lleno de limitaciones e inundado por el dolor. Un burgués muy pequeño que cree que logrará algo vengándose. Sabe quien es el asesino, pero no lo denuncia porque él mismo quiere hacer justicia por mano propia. Por eso lo secuestra y lo tortura, días a día, mientras él sigue su vida como si nada estuviera, en verdad, ocurriendo.
En la primera escena, este hombre que apenas se recorta de la masa, pesca con su hijo y una vez con la pieza en la mano, le destroza la cabeza con una piedra, el mismo hombre que se convertirá en un resentido, como lo son muchas veces las masas sometidas por el capitalismo, cuando son abandonadas por este y reaccionan, como lo hicieron en la Alemania pre-hitleriana, en la Italia de Mussolini o poco a poco lo hacen los “parados” españoles al recordar con nostalgia a Francisco Franco.
La película esta partida al medio: la primera parte describe a la típica familia de seres muy minusválidos, en la segunda, egoistas y destructivos, canallas y hasta criminales
Monicelli pinta una forma común en el pensamiento conformista de la gente común de nuestro tiempo, la del sometido a conciencia, el del que solo tiene como meta sobrevivir como un vegetal, ciñiéndose a reglas del poder ajenas a toda forma de auténtica libertad, eludiendo por todos los medios reconocer la permanente humillación de las estructuras en el trato cotidiano, porque así puede ser feliz a su manera, sin darse cuenta, además, que en un segundo puede perder la única razón que justificaba tanto sacrificio (en el sentido cristiano del término), tanto renunciamiento.
Pocas películas provocan tanto rechazo como esta de Monicelli, que no obstante, es una obra maestra. Ya lo es el libro original de Vincenzo Cerami, el mismo autor mucho tiempo después de la polémica La vida es bella, que llevó al cine Roberto Begnini.

15 nov. 2010

Jorge Polaco Dixit Kindergarten, 21 años después


Esta entrevista tuvo lugar en agosto de 1989, y fue publicada un mes después en la revista Fierro. Conocía a Jorge Polaco de haberlo visto de cineclub en cineclub llevando consigo el corto Margotita, y por sus películas anteriores (Diapasón y En el nombre del hijo). En esta trabajaba Graciela Borges, mi actriz idolatrada, y fue así como ya había ocurrido cuando ella se unió a Leonardo Favio en una película, dos potencias se encontraban. Recuerdo que Kindergarten me fascinó. Me rompió la cabeza y pensé que nunca nadie habría de entenderla. Así fue que Anibal Vinelli se rió de mi fanatismo en la revista Humor®.
No voy a olvidar aquella tarde en el entonces departamento de Raquel Flotta en la avenida Córdoba y tampoco la desgrabación total de la nota que quedó tal como fue, con su duración real, como un plano secuencia. La encontré casualmente entre mis papeles hace dos días y me pareció interesante transcribirla tal cual como salió en Fierro hace 21 años, entre dibujos de El Tomi, Fontanarrosa, Crist y Nine. Una evocación que tiene lugar cuando en el Festival de Mar del Plata, la película tendrá contacto con el público argentino por primera vez. Solo hay una realidad: los dos somos ahora mas viejos, aunque no perdemos las mañas. Aquí va.


Polaco Dixit Kindergarten

En el imaginario de Jorge Luis Borges, la memoria carga culpas. Quien más, quien menos.. Las de aquellos que en el final de la vida se juzgan y arrepienten porque han perido la única e irrepetible oportunidad de ser.
Los personajes de Jorge Polaco (otro Jorge) también cargan culpas y se arrepienten. Los unos y los otros. El de Diapason (1986), un aristócrata decadente que ha cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer (no ser feliz) y que ha mezclado absurdamente antiguas y odiadas recetas de familia (el amor con lo que tiene que ser, la belleza con el esteticismo) hasta darse cuenta, tarde, que ha envejecido. ¿De que sirve entonces ese arrepentimiento que convierten en amargas las horas del epílogo?
En El nombre del hijo (1987) fue Edipo desesperado por darse un lugar, por ser.
En Kindergarten (Jardín de infantes), su última obra, viejos y jóvenes se plantean en curiosa elipsis el si volvieran a nacer cuantas cosas hermosas podrían ocupar más tiempo de su existencia. Una vida de recuerdos hermosos más allá de la, locura, con la que han convivido y de la que finalmente solo escapan los marginados, los ancianos, los locos y los niños. Curiosa esperanza ¿la de un moralista?
Kindergarten es el tercer largometraje de Jorge Polaco (tal lo revela una biografía que se inicia el 20 de septiembre de 1946). Tiene como protagonistas a Graciela Borges, Arturo Puig y Luisa Vehil.
Profesor de Letras, egresado de la UBA, cámara Súper 8 en mano, hizo en la década del 80 algunos algunas incursiones en el cine experimental, como Ecce Civitas Nostra y Mis vecinos (1983). Más tarde seguirían La ville inconnue (1984) y la memorable Margotita (1985), que llevó largo tiempo en sus alforjas, clave para descubrir el misterio y la magia que esconde la verdadera Margot Moreyra, su actriz e inspiradora.
Dos largometrajes, Diapasón y En el nombre del hijo fueron suficientes para mostrar a un director no-convencional dispuesto a la transgresión, aún cuando todavía existen aquellos que parece inclinados a censurarlo, porque sus trazos afinados y perversos provocan las iras de los “dueños de la verdad”. “Kindergarten tiene un erotismo que no erotiza”, arguyó Polaco poco después que la copia fue secuestrada por la policía, tras una denuncia por supuesta “corrupción de menores” en la que habría incurrido según un querellante particular, en varias instancias del rodaje. Para el acusador (a quien fascinó La aventuras de Chatrán pero asquearon los anteriores trabajos de Polaco y La sagrada familia, de Pablo César), el autor de Kindergarten “tiene una mente enferma que desconoce que el amor humano es un reflejo del amor a Dios” (sic).
La prensa amarilla aprovechó el escándalo a través de una óptica vulgar, cuando lo importante de todo esto es que después de mucho tiempo se daba lugar, en plena vigencia del estado de derecho, a un gesto oscurantista.
El mismo Polaco señaló (en Página/12) que “hace más de cincuenta años un poeta argentino decía que aspiraba aa un arte con cerebro y con sexo, un arte de carne y hueso. No creo aspirar a otra cosa, ni provocar por eso ninguna perversión. Sucede que la sexualidad todavía aparece a veces como el eterno pecado y se transforma en el objeto de ciertas miradas que, sin saberlo, pervierten aquello que ven”.

“Hablar de un “nuevo cine argentino” siempre me pareció ridículo. Se cae de maduro que no lo hay, si que se hizo más cine argentino en la época de Alfonsín y también antes del Proceso, pero sin propuestas, fueron diferentes tipos de películas que en casos aislados llegaron a ser cine. Son películas totalmente prescindibles, de las que es imposible recordar una sola imagen”, asegura Polaco.

Una libertad posible

-Vos tenés saliva dentro de tu boca, pero si esa misma saliva la escupís dentro de un vaso con agua, no la podes volver a incorporar tomando de ese vaso, porque te da asco. ¿Cómo es eso del adentro y al afuera?
-Si, lo que uno tiene adentro, pero es difícil de asumir, siquiera de ver. Lo que es interesante es lo que vos dijiste: imposible de tomar. No nos planteamos tomar nuestra saliva. Que cosa interesante. Nunca lo había pensado.
-¿Esa es la reacción que provoca En el nombre del hijo?
-Y también Diapasón, porque mostraban justamente los lados ocultos o simplemente la intimidad. No podemos ver en la pantalla a alguien que se levanta a la mañana porque, realmente, quien no es asqueroso a la mañana… ¿un bebé?...
-Porque tenemos un concepto idealizado de lo que es un bebé. Borges decía que un bebé es un ser imperfecto, que aspira a ser tra cosa, pero que no podría lograrlo por si solo y que en eso se parecía a los viejos…
-Es cierto: nadie se atreve a decir “qué asco de bebé!”. Vos sabés que a mi, muchos bebés me dan asco (se ríe con ganas)
-Si vos decís que vas a ser rechazado, pero hasta qué punto la convención de decir “qué lindo bebé!”, y no lo contrario es una verdad absoluta y no una hipocresía. ¿No será parte de un autoengaño al que obliga la convivencia?
-Es cierto. Siempre tuve una fantasía. Recuerdo hace mucho tiempo, cuando oía a bebés llorando, que me molestaban, y no podía hacer nada. El bebé estaba en el piso de arriba y me lo imaginaba al horno (se ríe con furia) pero no lo podía decir.
-Sin embargo, en tu última película hay chicos…

-Es muy interesante lo que me pasó con los chicos de mi película. Hay uno, el que hace el protagónico, que se llama Luciano y tiene siete años (N. de la R.: hoy tiene 28). En los ensayos era angelical. No sabía cómo tratarlo porque nunca habpia trabajado con chicos, pero fue fantástico. Lo traté como un igual, y sin ser actor, hace una composición magistral. El chico, a medida que crecía actoralmente me odiaba más, algo que todavía no termino de entender. Era tan exigido por mi que me tomó odio, a tal punto que no me daba ni un beso, ni la mano, ni nada. También era un desafío para él. Lo interesante era que el chico me odiaba cada vez más. Tuve que cambiar completamente el personaje.
-¿El personaje creció dentro de él por sí solo?
-Si, y así resultó perfecto, diabólico, metido en el mundo de la locura que encierra Kindergarten. Es como un diablo.
-¿Cómo manejás visualmente la historia?
-Trabajo permanentemente con planos secuencias. Quería hacer una película en pocos planos.
-¿Un plano único?
-Tal vez, porque la vida es, en cierta forma, una imagen sin solución de continuidad.
-El protagonismo de la cámara como si fueran los ojos del director?
-La cámara tiene un protagonismo importante y el actor tiene otro condicionamiento. Es como cuando el actor usa ropa de él. Usar ropa nueva es muy jorobado, difícil. En Kindergarten trabajé con ropa de Graciela (Borges), reestructurada, teñida, cortada. Al principio Graciela se horrorizó: “Cómo vas a trabajar con mi ropa!”. Le dije que quería ver su ropa, la que no usaba, la que se podía romper, y que a la vez le quedara cómoda. Le costó, pero quedó fascinada. También me preocupa mucho la utilería, porque hay que lograr que el actor se sienta cómodo para lograr una composición absoluta. Es como pedirle a un actor que trabaja sin fetiches. Estoy en este momento hablando con vos y a mi esta silla me molesta porque no es mía, y me duele la espalda, y veo otras sillas que también van a ser incómodas. Y el piso me molesta porque es brillante… Yo me pongo en el lugar del actor. Se les pide tanto… Aunque la fotografía es muy importante, una película es una suma de encuadres, y un plano secuencia son los múltiples encuadres que forman una secuencia. Un actor puede crecer en su personaje sin interrupciones…

El evasivo

Cuando Polaco recibe preguntas concretas, la evasión es irremediable. La pregunta apuntaba directamente sobre la historia de Kindergarten de la que hasta entonces solo había apuntado algunas características generales.
-¿Querés una masita?- pregunta mientras se levanta de la seilla y se acerca a la cocina americana del departamento de Raquel (N. de la R.: Raquel Flotta), su agente de prensa para la ocasión. Polaco no está cómodo. Sin detener el grabador retruco con otro pedido, el de un vaso con agua. Me levanto de la silla y me acerco a la mesada. Mientras tanto Polaco aprovecha y cambia de ubicación. Se apropió de mi silla. El que se fue a Sevilla…
-¿Porqué se me ocurre hacer Kindergarten?- me responde. En realidad me gustó mucho hacer el libro definitivo a partir de una novela de Asher Benathar. Mi película poco tiene que ver con ella más que el título y alguna idea. La novela pinta una cosa y la película otra. La película es el universo de la locura y la novela, si bien hermosa, es completamente literaria. Descreo mucho de los libros. Tengo como una necesidad terrible de improvisar.
-¿Hacés un guión riguroso?
-No, para nada… Me dedico mucho tiempo a hacer un guión de sonidos muy detallado, de utilería, de vestuario, de cámara. Trabajo con story borrad, plantas… en principio parto de algo muy clásico, muy obsesivo. Todo eso lo destruyo porque generalmente es un mero apéndice…
-¿Un último borrador?
-Algo así como una estructura oculta… No es lo mismo improvisar sin borrador que a a partir de una estructura oculta. Te nutre muchísimo. Nada de lo que fue deja de estar allí.
-Como si una película fuera el resultado de otras previas que no llegan a concretarse…
-Exacto. Sobre Kindergarten solo puedo decir que es sobre la locura y todos los otros temas que te comenté (¿?). La niñez… Nunca había trabajado con actores de una belleza clásica (hace un larguísimo silencio) y me interesa mucho haberlo hecho. Pero en este momento estoy en otra cosa. No es que vea mis películas con el tiempo y ya no me gusten. No se me ocurre que podrían ser mejores, hacerles cambios o agregarles cosas. Fueron un pedazo de mi vida. Ahora estoy en otro momento. No me interesa pintar o redecorar un departamento, ni siquiera cambiarle los muebles de lugar. Directamente me mudo. Con el cine me pasa lo mismo. Necesito otro proyecto.
-Una nueva vida…
-De alguna manera una vida distinta. Una historia más enriquecedora, porque si no uno se repite. De todos modos, uno repite, pero creo que es importante esa capacidad que uno tiene de enamorarse y volver a ser con cada proyecto. Me gusta volver a empezar desde cero y gozar el placer de crecer. Es intransferible. Es una peregrinación “en busca de”… no hay que enamorarse de las películas terminadas porque inhibís la búsqueda.
-Necesitás seguir, tener un alto y un después…
-De ninguna manera negar las películas que termino, sino una necesidad de seguir adelante. Fijate que a tal punto que yo veo mis películas anteriores y no me parecen mías. Ahora estoy en otra problemática, en otra búsqueda.
-Te preocuparía si se diera una relación muy estrecha entre tus películas?
-Si, incluso no puedo ser incondicional con ellas. El otrom día reflexionaba acerca de todos los guiones que hice antes de hacer el definitivo, que terminé con el montaje y cómo después quemo todo eso. Tengo la necesidad de deshacerme de todo eso. Y no se qué haría si tuviese el celuloide en casa… Es probable que también cayese en la hoguera. Me parecería que ocupa mucho lugar cuando lo que necesito es espacio, mucha libertad.

El sentido del cine

-Pensabas que Diapasón iba a tener la repercusión que tuvo?
-Me llamaba la atención que fuera tanta gente. Les decía que se equivocaron de película. En el nombre del hijo también estuvo muchas semanas en cartel.
-Algunos las acusaron de escatológicas…
-Escatológicas? Que palabra de mal gusto! No lo pensé para nada, incluso no tenía noción ni aproximada de lo que podría suceder. Recuerdo que llevé a Manuel Antín la copia terminada de En el nombre del hijo y le dije “Quédese tranquilo que es mucho menos repulsiva que Diapasón! Incluso, cuando yo la vi terminada, me dije que tenía algo de comedia hollywoodense. Después, cuando Antín la vio, me dijo “Tiene algo de cuento de hadas”. Pero no, Diapasón era un cuento de hadas al lado de En el nombre del hijo…. Uno no toma mucha conciencia de lo que hace. Por eso no podría hablar sobre Kindergarten. Me gustó verla, hacerla, sentí un gran placer mientras la hacía y ahora pienso en otra cosa. Las películas se decantan con el tiempo. Quedan para los estudiosos del cine y ese es su justo premio. Lo demás es totalmente accidental. Si alguien recuerda una imagen de tu película es suficiente. Generalmente, las películas más taquilleras son las que se olvidan antes, o las que se recuerdan solo por eso.

12 nov. 2010

25° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: Cuando huye el día

El Festival de Mar del Plata es un zombie. Se venía muriendo de a poco y con el lanzamiento de la última programación murió. Una verdadera pena porque lo que tardó en recuperarse 26 años, en poco menos de tres años, desde la poco afortunada (y Cholula) decisión del entonces presidente del Incaa, Jorge Alvarez, de nombrar a José Martínez Suárez como responsable de su conducción. Lo gracioso es que antes de lo pensado, Alvarez abandonó la nave y dejo su herencia.
Aquella primera vez fue la tremenda participación de Fernando Martín Peña como programador, o cabeza de programadores, lo que le dio a la muestra un innecesario contenido baficista, dado que el mencionado coleccionista deseaba tomar revancha del festival que había conducido con anterioridad y del que se había ido haciendo una demostración política (un acting) fuera de lugar, por lo prematura de su decisión. Bafici hay uno solo y tiene una fuerte impronta de nacimiento, cosa que Mar del Plata no consiguió afianzar en las últimas 14 entregas, y probablemente tampoco lo consiga en esta, que comienza hoy.
Aquella revancha le salió un poco mal a Peña, ya que fue evidente y detectada por el público que durante toda la gestión de Miguel Pereyra había comprobado de que era posible un festival como este, de clase “A”, con una impronta latinoamericana fuerte y ciertos toques internacionales que justificaban, en todo caso, la presencia de cámaras de todo tipo y sobre la alfombra –en ese entonces existía y era azul- un glamour que no sonaba rimbombante. Pero en la Argentina es así: nada por bueno que fuere, perdura, porque somos los mismos argentinos los que nos encargamos que fracase. Y si algo es bueno, una catástrofe termina por demolerlo.
La gestión que continuó a la de Alvarez en el Incaa –Liliana Mazure- trató de apoyar las decisiones de la dirección del Festival, solo poniendo límites a lo presupuestario, cuestión de que no se desmadre nuevamente, pero fue respetuosa en cuanto a contenidos. No esta en los planes del Incaa discontinuar el festival pero si acotar su desmedida ambición para lo que realmente es.
La segunda vuelta de Martínez Suárez, con algunas ligeras modificaciones en cuanto a la gente de selección (los que salieron en su mayoría se reciclaron dentro del msmo Incaa), resultó un rejunte que pudo salvar, solo un poco, cuando en su jurado incluyó a Juan José Campanella. El festival perdió brillo y calidez. Las calles de Mar del Plata funcionaban como de costumbre en la pretemporada y aquello que se conoció como “clima festivalero”, en lugares claves como el gran hall del Hermitage o la misma zona del Auditorium o los alrededores de la sala de prensa, se perdieron. Del buen número de periodistas internacionales que llegaron a MDQ entre 1996 y 2007 solo supervivieron un puñado. Los diarios le dedicaron desde entonces mucho menos espacio y el cri cri comenzó a ser un sonido repetido y entendible. Peña no estaba pero estaba, y de hecho estuvo allí para presentar un interesante libro compilación, sobre el crítico e historiador uruguayo Homero Alsina Thevenet. Cuando la lógica hubiese sido presentar la compilación de un crítico argentino (como cuando el Bafici presentó los libros compilaciones de David José Kohon o Rodrigo Tarruella, Mar del Plata se preocupó y a lo grande, por un crítico de otro país, que nadie pone en duda, pero que para nosotros al menos debería estar en lista de espera tras nuestros propios postergados. El festival ya estaba haciendo agua por los cuatro costados y su capitán no se daba por enterado.
Increible. El festival que había logrado un perfil latinoamericano importantísimo, al punto de inquietar al Festival de La Habana, dejaba de tener todas esas películas que solamente en un festival como este podían verse. Mientras Pantalla Pinamar, con una organización ejemplar (casi de relojería) acrecentaba entrega tras entrega su preocupación por un contenido fuerte no solo de cine europeo sino también de argentino y de países invitados (superando las 60 películas, así como invitados de lujo (desde Carmen Maura y Alex de la Iglesia hasta notables como Kenneth Brannagh o Radu Mihaileanu, entre muchos otros), Mar del Plata corría el riesgo del descenso. Y ese descenso llegó. Fue notable, en 2009, la presencia de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina (la que consiguió la importante categoría de la Foapf y organizó la primera entrega competitiva), con una mesa redonda sobrfe El estado de la crítica, una exposición de fotos inéditas de la edición de 1959 así como la proyección en copia fílmica de Cuando huye el día, de Ingmar Bergman, el primero de los films premiados por el Festival.
Este año abundan las películas vistas en otros festivales. La resaca de encuentros internacionales menores, y sorprende la ausencia de cine continental (solo seis películas), cuando la producción en países como Chile, Uruguay, Brasil, Bolivia, Colombia, Venezuela y México crece. Así se vió hasta en el último San Sebastián (en Horizontes Latinos) y en el latino de Biarritz. Sin embargo, eso no parece afectarle demasiado a Martínez Suárez, por lo visto y oído creído de que su selección es “solamente de lo mejor”, lo cual significaría que las 180 películas de largometraje que se verán son poco menos que El ciudadano.
Por lo ridícula, la conjetura de Martínez Suárez, provoca risa. O cuestionamientos, como el que le hizo mi colega Fernando Brenner (que fuera programador precisamente de cine latinoamericano en los primeros años de la gestión de Pereyra), respecto a la ausencia de cine latinoamericano que molestó al ex cineasta que es más famoso por ser hermano de Mirtha Legrand que por sus películas. Su show en la conferencia de prensa resultó peripatético. A pocos días de la despedida de quien fuera primer titular de la Unasur, Mar del Plata ofrece una programación pobre en cuanto a largometrajes latinoamericanos, mientras Ventana Sur asegura que existen propuestas de calidad y muchas, que estarán en su vidriera en diciembre.
No se trata de la única ausencia, ya que por ejemplo este año no habrá una sola producción africana, mientras que acaba de terminar una muestra de películas sudafricanas en el Gaumont. Y el homenaje a Marco Ferreri solo tendrá un puñadito de sus films. El resto es una atomización sin sentido un sinfín muestras de corredor médico sin solidez conceptual ni entidad que las justifique.
Recuerdo que en 1999, en la antesala de la oficina de la presidencia del Incaa colocaron como decoración el hermoso afiche, creo que de Venturi, de Fin de fiesta, de Torre Nilsson. Fin de fiesta, rezaba, aunque entonces la fiesta recién comenzaba. Tantos tironeos a lo largo de estos últimos 14 festivales no son gratuitos.
Mar del Plata es un muerto que camina, a tal punto que Buenos Aires fue cubierta de afiches que son los mismos del año pasado, sin siquiera un papel pegado encima actualizando número de edición y fechas de realización. ¿Habrá que leer este fallido (o mishiadura) como que quedó congelado al finalizar el de 2009. ¿Que su reloj ya no tiene agujas como el del médico protagonista de Cuando huye el día? ¿Habrá huido el día del Festival de Mar del Plata?

Ocio, de Juan Villegas y Alejandro Lingenti

(ESTA CRITICA FUE PUBLICADA EN EL DIARIO LA NACION, EL 20-11-2010)

Parece una mañana de sábado o domingo gris. Tres hombres se acercan, en silencio, caminando. Sus imágenes se recortan borrosas, entre la niebla. Uno es mayor y los otros más jóvenes. Es el cementerio. Ahora están en casa. Andrés, el más chico, poco más que adolescente, escucha a Spinetta en un disco de 33 (evidentemente es la década del 80) y fuma, en su cama. Mira por la ventana y nada. En la pared hay una foto de Frank Zappa y un gran dibujo de Meteoro. Es como si no pasara nada. Pero pasa mucho. ¿Qué se hace cuando no se tiene nada para hacer más que sobrevivir?
Así comienza Ocio, la más provocativa de las propuestas de Juan Villegas, esta vez a cuatro manos con Alejandro Lingenti.
Se trata de un padre y sus hijos en una misma casa, pero en especial de Andrés, el más joven, esos en esos momentos en los que uno suele pasar casi en silencio, esperando algo trascendente que quizás no llegue nunca.
Las frases repetidas, esas que suenan siempre tan familiares y el duelo por la ausencia de la madre. En esa nada inquietante del barrio de casas bajas, se siente el peso de las rutinas de personajes conocidos, de gente más o menos común cada uno en su mundo, tan claro en esa mesa en que se reúnen para almorzar o cenar. Andrés lee a Camus y escucha
a Pescado Rabioso o Manal en el Wincofon, más precisamente No pibe, mientras piensa en la oscura propuesta de negocio que le hizo su amigo Roli. “Si tu madre te escuchara moriría de llorar” dice la canción. Después, el amigo le contará un memorable episodio de la historieta Marvo Luna (de Oesterheld y Solano López) que publicaba Billiken, llegarán las motos, y con ellas la sensación de que algo violento en el solitario e inocente mundo de Andrés esta por desatarse.
Villegas y Lingenti manejan los tiempos, elaboran cuidadosamente los encuadres y recorren el barrio de Boedo, ubicando la cámara de manera tal que la ciudad se vea muy diferente a la que habitualmente muestra el cine.
Hay en Ocio destacables trabajos actorales, el de Nahuel Viale, como Andrés, el de Francisco Grassi cómo su amigo Roli y más breves pero muy efectivos los de Germán de Silva como el padre, Lucas Oliveira y Santiago Barrionuevo.

Ocio (Argentina/2010). Dirección: Juan Villegas y Alejandro Lingenti. Guión: A. Lingenti, basado en el relato de Fabián Casas, con la colaboración de J. Villegas, Mariano Linas y F. Casas. Fotografía: Agustín Mendilaharzu. Música: Ariel Minimal. Con Nahuel Viale, Francisco Grassi, Lucas Olivera, Germán de Silva. Hablada en español. Proyección digital. Duración: 70 min. Se exhibe de jueves a domingos a las 22, en el Cosmos-UBA.