7 jul. 2009

Adiós a Juan Carlos Frugone


Una noticia me golpéa el corazón. En un mail me dicen que murió Juan Carlos Frugone, el hombre que me enseñó a hacer catálogos de cine y, como él mismo repetía, a entender que un catálogo es, por más que haya quienes se resistan a aceptarlo, el reloj de cualquier festival.
Recuerdo aquella tarde de mayo de 1996, cuando en una oficina del Incaa donde se organizaba la vuelta del Festival de Mar del Plata, Oscar Barney Finn me lo presentó. Sin muchas vueltas me dijo “Te presento a Juan Carlos Frugone, el director artístico del festival”. Creo que por allí también estaban Héctor Olivera y Julio Márbiz también. Frugone era un tipo de contextura más bien pequeña, un poco gordito. Lucia un bigotito y cabello bastante canoso. Era como una versión sui géneris de Roberto Galán.
Desde ese día y papel y lápiz en mano, lo escuché hablar de cine, de su vasta experiencia, de las idas y venidas en la vida de un crítico (las de él mismo desde que se fue de la Argentina con rumbo a España) y de cómo debería ser un festival de cine en serio. Me transmitió la necesidad de hacer un trabajo riguroso porque, me dijo, “El catálogo es lo único que queda de un festival”, y tenía razón. Recuerdo también que en esas semanas el país sufría los embates de una economía que empezaba a generar fuertes dolores de cabeza. Y así fue que al pobre Juan Carlos el corazón le dijo basta. De golpe y porrazo, tuvo que ser operado y de esa forma dejar de lado sus sueños festivaleros que recogió Finn, hasta llevarlos a la práctica.
Juan Carlos se hacía mucho problema por todo. Se tomaba muy en serio las cosas. Ya había demostrado su obsesividad en España y creía, con mucha inocencia, que aquí era posible un festival parecido al de Cannes, al de Venecia o al menos al de San Sebastián. La mala sangre de aquellas se semanas del invierno de 1996 lo dejaron de cama. Volví a verlo cinco meses después, recuerdo, en una oficina de producción del festival en el hotel Hermitage. Lo vi repuesto pero también dispuesto a hacer buena letra y no ponerse nervioso, aunque algún personaje intentó hacerlo.
Más tarde, y después de todo ese estrés, regreso a su patria postiza y hasta intercambiamos unas pocas cartas –si, cartas, de esas que se escribían por entonces en papel- en las que me contaba que en Madrid estaba puchereando y al mismo tiempo haciendo gimnasia para mantenerse en estado y evitar nuevos problemas de salud. "Estoy hecho un Rambo" me escribió con ironía. Pero la correspondencia en un momento se cortó. Mejor dicho, fui postergando una respuesta y otra y así, casi sin darme cuenta, no supe más de él.
Después me enteré que sus vientos habían cambiado, que la mala racha se había cortado. No es para menos. En el 2005 fue designado director de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), cargo que ocupó hasta 2008, cuando dicen su carácter pudo más que la paga, que era muy buena. Curiosamente, en todas las veces que estuve en España, y en Madrid, nunca se me ocurrió llamarlo.
Cuando yo era un adolescente, leía a Frugone en Clarín, esos momentos excepcionales en los que llegaba un ejemplar a mis manos, ya que en mi casa se leían únicamente La Nacion, La Opinión y La Razón, mañana y noche, respectivamente. Confieso: no era de mis favoritos. Sin embargo, había algo en su pluma que me enganchaba: saber cómo llegar al lector. Muchos años después, Sergio Renán me comentó una sensación parecida, cuando en su tiempo leyó lo que Frugone escribió de La tregua, y me explicó, además, que la crítica que mejor había entendido entonces su propuesta.
Frugone vivía solo en un piso madrileño, que él mismo me dijo, podía haber sido el de Mujeres al borde de un ataque de nervios. En la década del 70 trabajó en Clarín y para esa vidriera cubrió numerosos festivales europeos. Al finalizar esa década marchó a España y en 1984 fue nombrado director adjunto –de Fernando Lara- de la Seminci, cargo que ocupó hasta 1992. Había escrito en los periódicos españoles Diario 16, El Mundo, El Norte de Castilla, en el semanario El Independiente y se desempeñó en la agencia LID (Línea Independiente para Diarios).
Frugone integró diferentes jurados en festivales, como el de Oxford (1980), el de Chicago (1981, 1982, 1984, 1985, 1993 y 1999), el de San Sebastián (1982, 1983, 1984 y 1985), el de Edimburgo (1991 y 1994), el de Huelva (1984), Huesca (1990) y Guadalajara (2000).
Como guionista, colaboró en la televisión pública española (TVE), en la serie titulada La Taberna (1978) y en la Historia de Rosendo Juárez (1977), de acuerdo a un cuento de Jorge Luis Borges.
Ha escrito ensayos apropósito de Stanley Donen (... Y no fueron tan felices, 1989), de Rafael Azcona (Atrapados por la vida, 1987) y Mario Camus (Oficio de gente humilde, 1984).
Juan Carlos, que tenía 71 años que nunca confesó en público, era un caballero, dicen otros que un cabrón que al menos yo no llegué a conocer. Siempre lo voy a recordar con cariño porque con él aprendí en un curso intensivo a hacer catálogos y por sus charlas que compartía entre Lima y Morenom donde está el Incaa, y el hotel Lancaster en Córdoba y Reconquista donde vivió un par de meses en 1996 poco antes de su infarto, apenas unas pocas horas después que Domingo Cavallo abandonó el barco del menemismo y el país entró, a toda velocidad, en un nuevo y difícil capítulo de su historia.