28 jun. 2009

Les mistons, o la vigencia de Truffaut

En 1957, Francois Truffaut lanzó al mundo su pionera propuesta nuevaolera a la que tituló Les mistons. Más de medio siglo después, la obra de Truffaut sigue teniendo la misma audacia, provocación y frescura que cuando se presentó por primera vez. La web ofrece una compiacompleta y en excelentes condiciones de visualización. Aquí va.

Un corto memorable

En 2002, el italiano Alessandro Dominici filmó el corto L'ultimo pistolero, protagonizado por Franco Nero, y rodado en un galpón abandonado. Es un emocionante y riguroso homenaje al género western spaghetti. No tiene desperdicio. Vale más que mil largometrajes adocenados de los que se ven actualmente en cines. No se lo pierdan.

18 jun. 2009

Adios a Alejandro Doria



Juan Carlos Ricardo Rosales, tal como se llamaba en realidad Alejandro Doria, nació el 1° de noviembre de 1936 en Buenos Aires. Se recibió de perito mercantil e ingresó a la facultad de Ciencias Económicas, no obstante al terminar el primer año, abandonó la carrera y marchó con rumbo a Estados Unidos, donde se perfeccionó en televisión. A su vuelta, fue locutor, actor de teatro independiente y de TV, y se desempeñó como periodista en diferentes medios, hasta que en 1960 comenzó a escribir, poner en escena y producir programas para la pantalla chica. En cuanto a dirección en TV, su primer programa como director, compartido con Nicolás del Boca, fue La sombra, protagonizado por María Rosa Gallo, emitido por Canal 13, dentro del ciclo El Show Rambler. También con Del Boca codirigió Cuatro mujeres para Adán, Los solteros del 10°.C, y Dos en la multitud, y como solista, Nuestra galleguita, Adorable profesor y Jugar a morir, antes de iniciarse con el ciclo Alta comedia, en 1971, por Canal 9. Más tarde serían Papá corazón, con Andrea del Boca, y Pobre diabla, con Soledad Silveyra y Arnaldo André, con libro de Alberto Migré.
En la década del 70 fue director teatral, de puestas como Plaza Suite y El último de los amantes ardientes, ambas de de Neil Simon, entre otras.
La televisión, y muy en especial Canal 9, se convirtió en su segundo hogar.
En cine comenzó su carrera con Los años infames (1974), de acuerdo a un libreto de Jose Dominiani, producida por el sello Glori-Art, con Rodolfo Bebán a la cabeza, película que debió enfrentar al Ente de Calificación, presidido entonces por Miguel P. Tato, que exigió numerosos cortes, que Doria no aceptó. Cuatro años más tarde, en 1978, la película fue estrenada como Proceso a la infamia, con un montaje ajeno. A esta película siguió Contragolpe (1978), hecha por encargo, adaptación de la serie de TV División Homicidios, de Canal 9, en cuyo guión colaboró Marco Denevi, con elenco encabezado por Osvaldo Terranova. La película fue un éxito comercial, y le permitió a Doria encarar su primer proyecto personal, La isla, que devino un profundo análisis sobre la soledad de un grupo de marginados que purga sus carencias afectivas en un hospicio, en especial la de un recien internado y su amor otra paciente del lugar que finalmente es dada de alta, donde deslizó algunas claves que lograron eludir a la censura de entonces. A esta siguió Los miedos, como la anterior escrita en colaboración con Juan Carlos Cernadas Lamadrid, en la que volvió al lenguaje alambicado, útil a la hora de decir todo aquello que los censores estaban acostumbrados a vetar. La película fue tan exitosa que tuvo una secuela televisiva dos años después titulada Nosotros y los miedos.



En 1982, procedió a la adaptación de Los pasajeros del jardín, original de Silvina Bullrich, un relato más o menos autobiográfico de la escritora, con eje en su relación con Marco Dupont, quien enfermó de cáncer y murió al poco tiempo de convertirse en el amor de su vida, para la que eligió a Graciela Borges y Rodolfo Ranni como protagonistas.
Una vez recuperada la democracia, Doria, como en sus anteriores incursiones en el cine desde La isla, en sociedad con Diana Frey (con ella conformó la sociedad productora Rosafrey), se puso manos a la obra con Darse cuenta (1984), aguda reflexión acerca del país moribundo al que sin embargo hay que apoyar para sobrevivir, metáfora que tuvo como eje a un joven accidentado, desahuciado por los médicos del hospital público al que fue a parar, y la relación de este con un médico fracasado que quiere redimir su pasado. La película recibió el Cóndor de Plata de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina.
A esta variación acerca del “tema argentino” siguió Esperando la carroza, adaptación de la pieza teatral homónima de Jacobo Langsner, que en clave de grotesco, observo a distintos arquetipos argentinos, por cierto muy singulares. Como ya era su costumbre, Doria manejó a la perfección la trama coral y a actores de primerísimo nivel, como Luis Brandoni, Betiana Blum, Mónica Villa y Antonio Gasalla, entre otros.
Su película posterior fue Sofía, con protagónico de Dora Baret, de acuerdo a un argumento original del director de fotografía Miguel Rodríguez y coescrita con Jacobo Langsner, acerca de Pedro, un adolescente interpretado por Alejandro Milrud, que conoce a Sofía, encarnada por Baret, una mujer de mediana edad cuya pareja fue desaparecida durante la dictadura militar, a la que ayuda y con quien establece con una relación afectiva. La última página de este capítulo de cine fue Cien veces no debo, de acuerdo a una pieza de tono corrosivo firmada por Ricardo Talesnick (el mismo de La fiaca) acerca de la convulsión que causa en una familia bastante formal de clase media la noticia de que la hija adolescente, interpretada por Andrea del Boca, está embarazada de alguno de sus amnates pero no sabe de quién, razón suficiente como para que sus padres inicién una búsqueda por momentos peripatética. Con esta película Doria abriría un paréntesis con el cine.
Muchas cuestiones tuvieron que ver con que dejara de filmar después de Cién veces no debo por más de dieciséis años. La primera con un problema lumbar que por poco lo deja inmóvil, y un proceso de rehabilitación que pudo superar con mucha paciencia. El otro que desde 1990 la producción cinematográfica empezó a complicarse y ya en 1995, para algunos cineastas tal es su caso, se tornó aún más difícil. El surgimiento del Nuevo Cine Argentino, con su refrescante descontracturación y sus propuestas innovadoras, comenzó a preocupar a los cineastas más veteranos. En todo ese tiempo, Doria hizo televisión, el medio en el que se inició y creció. Una vez sufrida una operación de columna y con dificultades en el andar, entre 1990 y 1992 dirigió Atreverse, producida por Gustavo Yankelevich para Canal 9, ciclo que recibió seis premios Martín Fierro en distintos rubros, uno de cuyos episodios, que el presidente de entonces consideró tenía algo que ver con su vida íntima (a esa altura pública del conflicto-escándalo entre Carlos Saúl Menem y su esposa Zulema Yoma) le valió un juicio por desacato a la investidura presidencial. Casi al mismo tiempo hizo Los especiales de Alejandro Doria, que le valieron nuevos premios, léase premios Marín Fierro personales. Su último trabajo en TV fue la remake de El Rafa, en 1997, es decir una década y media después del original dirigido por Diana Alvarez por el 9. A pesar de que el ciclo, con Arturo Puig, Paola Krum. Ingrid Pellicori y Gastón Pauls, alcanzó picos de rating de hasta 22 puntos, Doria decidió darlo por concluido a los seis meses de comenzado.



“Un año después, en 1998, dejé de fumar y a los tres meses me rompí una pierna, la cabeza de fémur y la cadera. Lo que sufrí no lo puedo contar”, reccordaría. Después dictó clases de actuación y cámara, le ofrecieron media docena de películas que rechazó, hasta que finalmente, en 2004, al cumplirse la primera década del atentado contra la Amia, fue uno de los cineastas que participaron de 18-J, un compilado de cortos gestados como homenaje a las víctimas de aquel duro golpe todavía no resuelto. En el suyo, titulado Vergüenza, Susú Pecoraro hace un conmovedor monólogo apropósito de la responsabilidad que le cupo al presidente de entonces, Carlos Saúl Menem en ese atentando a la mutual judía que enlutó a la sociedad argentina.
La vuelta ocurrió en un momento clave, en la que el cine comercial como el que él estaba acostumbrado a hacer, estaba debilitado. Su versión de la vida-obra del padre sanador Giuseppe Mario Pantaleo, titulada Las manos, reunió a Jorge Marrale (a quien había dado un empujón con Darse cuenta), con Graciela Borges (que había conocido en Los pasajeros…). El resultado no fue solo una película rigurosa y exitosa más, sino una suma de premios nacionales (Cóndor de Plata a vestuario de la Asociación de Cronistas, Sur a película, director, actriz, actor, dirección artística, vestuario, de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina, por ejemplo), sino internacionales, entre ellos el Goya, de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España y el del público en el Festival de Huelva.



La neumonía crónica que también solía ocasionarle problemas incluso durante sus periodos de trabajo intenso,terminó deteriorándolo al punto de ocasionarle la muerte, el 17 de este mes. Tenía en carpeta un nuevo proyecto, Tuya, basado en el libro de Claudia Piñeiro, para el que había elegido como protagonista a Erica Rivas.
Un documental, en postproducción, reconstruye su historia, incluso a través de quienes lo conocieron. Se titula simplemente Doria, y lo dirigió Diego Alvarez.
En una entrevista (firmada por Veronica Bonacchi en el diario La Nación, el 25 de marzo de 1997), Doria dijo que "Yo no sé si nací para ser director de televisión o de cine. Pero todo lo hago por amor propio. Para demostrar que puedo. Eso ha sido el motor de mi vida. Por eso, el 80 por ciento de mi vida ha sido el trabajo. He sido y soy un lobo solitario: no me casé, no tuve hijos. Llevo diez o doce años en los que ni recuerdo haber vivido. Sólo me veo trabajando, grabando, editando. Lo cual es grave, pero uno sobrevive como puede. Y yo pude".

Claudio D. Minghetti

9 jun. 2009

El cierre del Albeniz, en Málaga



De acuerdo a lo publicado por la revista digital El observador (www.revistaelobservador.com), en los últimos años la ciudad que ha hecho del Festival de Cine Español uno de sus emblemas ha visto como todas las salas de proyección del centro histórico -Victoria, Astoria y ahora el Albeniz- cerraban sus puertas dejando huérfana de una cartelera independiente, alejada de los circuitos comerciales, a una clientela fiel. Una ‘inmensa minoría’ de ciudadanos que entienden el cine como una poderosa herramienta cultural que debe disfrutarse en versión original subtitulada y que no debe guiarse únicamente por criterios comerciales.



Parte de estos vecinos se han organizado en una plataforma ciudadana, el Foro Malagueño Cinemateca, y han decidido que hasta el próximo septiembre, en intervalos de tres semanas, instalarán sus proyectores y pantallas en calle Alcazabilla y harán ellos lo que no hacen las administraciones: ofrecer cine de calidad gratuitamente.
La iniciativa, alejada de cualquier partido político o institución, “recogerá firmas pidiendo que el Ayuntamiento aclare su postura con relación al destino del cine Albéniz, pidiendo que una de las salas acoja, desde ya, a la cinemateca con oferta cinematográfica de similar calidad a lo que ha habido siempre, sin esperar a que comiencen y terminen las obras del edificio”, según se indica en una información remitida.
En abril último allí se vieron las argentinas Cordero de Dios, Un novio para mi mujer, Mario Sábato, mi padre, Imaginadores y Gallero
Si quieres ver videos acerca de la protesta pública mira aquí:




El Cine Teatro Albéniz abrió sus puertas el 1 de agosto de 1945.Desde mediados de los 90 y hasta hace un año y medio, funcionó como cinemateca municipal, y vivió una segunda juventud con un programa de cine alternativo en versión original que mantuvo a un público fiel.
Para muchos era la mejor sala de cine de nuestra ciudad, fue uno de los pocos cines malagueños en los que se pudo ver cine independiente, versión original y películas fuera del circuito comercial. Esta situado en un lugar privilegiado de nuestro centro histórico, en la calle Alcazabilla, junto al anfiteatro romano.
En la actualidad, después de más de 60 años de actividad en la capital, se ha cerrado sin más, dejando huérfanos a todos los amantes del cine de calidad de la ciudad.
Existen informaciones contradictorias sobre lo que se va a hacer con el edificio. El cierre pilló por sorpresa a muchos malagueños, ya que en un principio se contemplaba que el cine mantendría su actividad hasta que el Ayuntamiento sacara a concurso las obras de reforma del edificio, cuya sala principal se transformará en un teatro.
Recientemente, los responsables de Urbanismo del Ayuntamiento de Málaga han anunciado que los trabajos no comenzarán hasta finales de año 2009

6 jun. 2009

Más acerca de Mayo

En varias de las críticas publicadas apropósito del estreno de Días de mayo, se cita al cine de la nouvelle vague, a Godard, pero muy especialmente al pos nuevaolista Phillipe Garrel por su película Los amantes regulares (2005) en la que Francois, un poeta veinteañero desertor del servicio militar, participa en las barricadas del París de 1968, y lanza bombas molotov a la policía, fuma opio y habla apropósito de la revolución a sus amigos, cuando conoce a Lilie, una escultora que trabaja en una fundición para sobrevivir. Se enamoran, pasan los años, él sigue escribiendo, hablando y fumando y viviendo con ella hasta que algo ocurre entre ellos.
La mención no es gratuita. Efectivamente, hay en la película de Gustavo Postiglione algunas citas a aquel movimiento (que adelantó en varios reportajes) y a algunos de sus estandartes. Y muy en especial aquella película que con algo/mucho del lenguaje de los 60s llegó, ya entrado un nuevo siglo, de la mano de un cineasta talentoso que por esta película (también en blanco y negro), fue premiado en el Festival de Venecia. Pero también hay algo del Antonioni de su mejor momento (el caso de La aventura e incluso el de Zabriskie Point), y más acá en el tiempo, al revisionismo generacional que hicieron cineastas tan diferentes entre si como La mia generazione, de Vilma Labate, la monumental La meglio gioventù, de Marco Tulio Giordana y Buen día, noche, de Marco Bellochio. Esas observaciones que se le hicieron a Postiglione sonaron a críticas, interpretadas como un exceso de inspiración. ¿Cuál es el problema?
El concepto de “reconstrucción” de tiempos sustancialmente ricos y trascendentes está, en todos estos autores, en un plano que va más allá de lo visual. Para todos ellos lo esencial es invisible a los ojos, y pasa por la puesta al día de aquellos gestos, de esos detalles, de esa inmensa inocencia, fe en las utopías y hasta soberbia, a veces llevada al plano de la alucinación, que caracterizaron a los movimientos juveniles de aquellos años que precedieron al aplastamiento. Tanto en Europa como en América Latina o en los Estados Unidos, aquella efervescencia fue aplastada si piedad. O con el consumismo que se opuso ferozmente al comunismo y que determinaría como corolario de décadas y décadas de guerras frías y a veces calientes, con la Perestroika, el Glasnost y la caída del Muro de Berlín, paradigma de la separación entre un lado y otro de la política internacional regulada por mapas que claramente separaba derechas de izquierdas. Primero la Guerra de Corea, después la de Vietnam, sirvieron para aplacar los ánimos de juventudes que podrían ver la vida de otra forma si no estuviesen gobernadas por el temor a ser abducidos ideológicamente por el enemigo. El peñón de Cuba en coincidencia con la ebullición de la primera generación posbélica (la efervescencia cultural de finales de los años 50 camino al estallido de los 60), se convertiría en el único e inamovible bastión de la contrapolítica en el mundo occidental. Latinoamérica viviría sucesivos procesos militares de derecha, Europa el paulatino deterioro del franquismo español, del parlamentarismo italiano, la vuelta a tierra de la Alemania del Plan Marshall y Estados Unidos la explosión del sexo, la droga y el rock’n roll, todas coyunturas que tendrían como meta moligeración de los movimientos juveniles.
En el personaje femenino de Días de mayo se descubre el sometimiento de la mujer, el deseo reprimido por familias arraigadas en el pasado y la duda apropósito de lo que vendrá, en un final que es síntesis de la duda de muchos de toda una época. La reflexión de Postiglione apropósito de esta postura es lúcida y valiente. Le hubiese sido más sencillo recuperar, simplemente, héroes o traidores, pero prefirió recuperar seres humanos.
No es poco.

Claudio D. Minghetti